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mayo 19, 2014

Kyle Eastwood: el sonido emergente




El contrabajista Kyle Eastwood afirma que le entró el ´gusanillo´ de la música por ver a sus padres tocando y escuchando jazz en casa. El hijo mayor del actor y director Clint Eastwood, y la modelo Maggie Johnson, pasó su infancia entre los discos de sus padres y los veranos entre los bastidores del Festival de Jazz de Monterey. Cada verano el veterano cineasta cogía a su familia y se iban de festival. Sería durante esos veranos junto a los grandes nombres del jazz cuando el joven Kyle desarrollaría su pasión por esa música. Toda esa educación tendría una gran influencia en su futuro.

Kyle Eastwood comenzó a estudiar cine para seguir los pasos de su padre, pero la música pesó más y tras aprender a tocar el bajo, el contrabajo y el piano, dio un giro a su vida y le dijo a su padre que se dedicaría a la música.

Tras curtirse en los clubes de jazz de Nueva York y Los Ángeles, Kyle debutó discográficamente en 1998 de la mano de Sony con From Here to There. Antes de publicar su segundo disco en 2004, Paris Blue (más de un millón de copias vendidas), el músico de jazz se adentró en el terreno musical del cine y en 2002 firmó dos de las canciones de la oscarizada Mystic River. La cosa funcionó y dos años después firmaba otros tres temas para Million Dollar Baby. Los trabajos junto a su padre relanzaron su carrera discográfica y en 2004 firmó por un prestigioso sello de jazz británico y con ellos publicó Now en 2006 y Metropolitan en 2009. Su actividad en el cine se mantuvo con los temas que cierran las películas de Cartas desde Iwo Jima, Gran Torino e Invictus, siempre con colaboración de Michael Stevens, su pareja artística.

Dos años después de Songs forma the Chateau (2011), aparece en marzo de 2013 el álbum The View From Here, en donde cultiva una herencia musical que se remonta hasta la banda sonora de su infancia de cuando escuchaba a Duke Ellington, Count Basie y Miles Davis. Fue grabado en los estudios franceses La Buissonne.



Creado por Hugo Santaromita, comentarista y escritor venezolano de jazz.

Michel Petrucciani: el pequeño gigante del jazz

Recientemente recordamos al pianista francés Michel Petrucciani, uno de los grandes del jazz, fallecido en 1999. Este gran compositor fue algo así como un fugaz celaje dentro de la música, que, sin embargo, dejó una fuerte huella, y se fue tras grabar unos 32 álbumes de altísima calidad.

Vivió aquejado de una gravísima enfermedad ósea llamada osteogénesis imperfecta, por lo que apenas llegaba al metro de altura. Sin embargo esto no fue obstáculo para que se dedicara desde la infancia de manera casi exclusiva al estudio del piano, lo que le permitió convertirse en uno de los pianistas de jazz de mayor renombre de todos los tiempos, con gran influencia de Duke Ellington y Bill Evans, y dotado de gran sutileza y lirismo.

En 1982 se traslada a California y se convierte en el pianista del grupo del saxofonista Charles Lloyd, cuando éste regresa a la escena después de un prolongado retiro, gracias a la insistencia del mismo Petrucciani. Aunque sigue grabando en Francia, sus estancias en Nueva York propician sus primeros discos estadounidenses, hasta que en 1985 inicia su período en el sello Blue Note con Pianism, una grabación en trío con Palle Danielson y Elliot Zigmund. El 22 de febrero de 1985, Lloyd entró en el escenario en el Town Hall de Nueva York con Petrucciani en sus brazos, y lo sentó en el taburete del piano, para lo que sería una noche histórica en la historia del jazz: el rodaje de Una Noche con Blue Note. El director de la película, John Charles Jopson, recordaría más tarde en las notas de la reedición, que la escena lo conmovió hasta las lágrimas. El año siguiente actúa en Montreux en trío con Wayne Shorter y Jim Hall, encuentro que se publica bajo el título de Power of Three, uno de sus grandes discos.

Salía al escenario apoyado en unas diminutas muletas y se encaramaba a la banqueta con un esfuerzo que parecía dolerle más a la audiencia que a él mismo. Pero una vez aposentado en la cumbre lo dominaba todo con unas manos centelleantes -la naturaleza no las dañó- y una mente sencillamente privilegiada. Cuando se le escuchaba tocar con elegante vehemencia una música densa y profunda, inspirada en el jazz de Evans, pero también en los impresionistas franceses y en otras estéticas de valor, se tenía la certeza de estar asistiendo a un pequeño milagro sonoro, de estar viendo a un titán burlando por completo la crueldad de las limitaciones físicas.

Los últimos años estaban resultando particularmente propicios para el pianista: planeaba completar una sinfonía y ya había plasmado en disco algunos proyectos llenos de imaginación y frescura.

Falleció el 6 de enero de 1999, a los 36 años, a causa de una afección pulmonar producto de su enfermedad ósea. Reposa en el cementerio del Père Lachaise (en París) junto a la tumba de Chopin. Desde julio del 2003, existe en París una plaza Michel Petrucciani.

Creado por Hugo Santaromita, comentarista y escritor venezolano de jazz.

Es Dios

"Esa lengua de fuego se abría despiadada, como urdiendo en el alma y buscando donde cabalgar. Resoplaba fuerte, escrutaba el ojo, mordía la mente y ondeaba su calor, como haciéndonos sentir que somos una miniatura, una milmilésima parte del universo. Esa lengua de fuego, creación al fin, es lo mismo que la hoja, que la piedra, que el agua, que el ave, que la hierba. Es Dios".

La compuerta de la vida

"A veces, casi inerme, entrebusco la fórmula de la vida, y encuentro una melodía que me exige respirar, profundo, restituyéndome la fe en el futuro. Sólo Dios abre la compuerta de la vida, y la música es el compás de espera a la perfección, el estadío más emocionante del ser humano".

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